No hay
nada comparable a este placer divino
que me
eleva hasta los cielos al ritmo de un vinilo. Al compás
de un
dulce Blues o un Jazz, Pop-Rock o Rap,
y al
sonar, mueve mi cuerpo con hilos.
Títere
absorto por bases absurdas,
floto
en un pentagrama rodeado de semifusas.
Y vaya
a donde vaya, la música va conmigo.
La
llevo siempre en los cascos, mis dos mejores amigos.
Que
acompañan cada frase huraña y la suavizan,
ralentizan
las palabras para captar bien su estilo.
Y para
estilo, el mío en cada nota,
que
hasta las que pego en la nevera, clase derrochan.
Rozan
la perfección y por encima,
canciones
en reproducción continua.
Cantautor,
butaca negra, guitarra, clímax.
Que
quieres que te diga, paz para mi anatomía. Lírica.
Escuchada
en tantos lugares,
desde
bares de carretera, hasta salas de espera
en
hospitales. Desde el Ford de mi padre
y los
casetes, esos tiempos del carrete,
hasta
la Blackberry y los System del presente.
Con
Melendi, cuando fumaba porros, he crecido.
Estopa,
y El canto del loco aún no era moda.
La voz
de Eric Clapton y John Lennon, viva siempre,
sientes
que te llega dentro cuando escuchas ‘Tears in heaven’.
Pueden
quitarme las canciones del reproductor,
pero no
de mi mente, allí las guardo con amor.
Y el
final llega siempre rodeado de sinfonías,
que no
hay música mejor que aquella que un día te cría.
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