viernes, 23 de agosto de 2013

Música

No hay nada comparable a este placer divino
que me eleva hasta los cielos al ritmo de un vinilo. Al compás
de un dulce Blues o un Jazz, Pop-Rock o Rap,
y al sonar, mueve mi cuerpo con hilos.
Títere absorto por bases absurdas,
floto en un pentagrama rodeado de semifusas.
Y vaya a donde vaya, la música va conmigo.
La llevo siempre en los cascos, mis dos mejores amigos.
Que acompañan cada frase huraña y la suavizan,
ralentizan las palabras para captar bien su estilo.
Y para estilo, el mío en cada nota,
que hasta las que pego en la nevera, clase derrochan.
Rozan la perfección y por encima,
canciones en reproducción continua.
Cantautor, butaca negra, guitarra, clímax.
Que quieres que te diga, paz para mi anatomía. Lírica.
Escuchada en tantos lugares,
desde bares de carretera, hasta salas de espera
en hospitales. Desde el Ford de mi padre
y los casetes, esos tiempos del carrete,
hasta la Blackberry y los System del presente.
Con Melendi, cuando fumaba porros, he crecido.
Estopa, y El canto del loco aún no era moda.
La voz de Eric Clapton y John Lennon, viva siempre,
sientes que te llega dentro cuando escuchas ‘Tears in heaven’.
Pueden quitarme las canciones del reproductor,
pero no de mi mente, allí las guardo con amor.
Y el final llega siempre rodeado de sinfonías,
que no hay música mejor que aquella que un día te cría.

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