Londres
y New York en mi habitación.
Tras la
ventana solo veo Gijón y nada de sol.
Es ya
costumbre, que la calle este vacía
y el
boli sea mi lumbre.
Que las
paredes se derrumben.
Soy la
inspiración en persona,
una
garganta satisfecha de las notas que le brotan,
unos
ojos que se dice que reflejan el alma,
y una
espalda curtida en mil peleas y batallas.
No hay
guerrero sin cicatrices.
No
existen finales tristes, al final, todos felices.
¿Ser
feliz hasta el fin? Es imposible.
Tú vive
el día a día. El futuro es impredecible.
Habitación
en silencio, ruido en la calle.
Como
cambia con las horas el paisaje, y todo eso.
Sigo
preso de este lápiz que cautiva con su baile por los versos.
Mis
pensamientos se vuelven expertos según avanza la tarde
y se me
va escapando el tiempo.
El
reloj de la pared marca las diez.
Mi
infancia en el ayer, mañana la vejez.
Estrés,
al ver que todo se va tan deprisa.
Corre,
dame un papel y algo que escriba.
Quiero
plasmar este momento y
vivir
hasta morir en un lugar digno de cuento.
Lejos
del mundo en el que vivo,
donde
el presente vuelve y a la vez también se ha ido.
Y, ¿qué
más da el camino que recorra?
Escoja
el que escoja el final siempre será el mismo.
Pero
vale la pena.
Me dejo
de tanta reflexión y vuelvo a la tarea
que
teníamos hace un rato, apenas.
El
invierno es un infierno entre tus piernas,
por el
calor y el dolor que trae dejar de verlas,
cuando
coges tus zapatos de tacón, cierras la puerta
y sales
de la habitación, pero no de mi cabeza.
Tus
dientes color perla, tus ojos de canela,
y tu
sonrisa mientras me besas.
Labios
sabor de fresa, noches de luna llena.
No eres
la perfección, pero te acercas.
Da
igual lo que prometa entre estas paredes,
el sexo
bajo el flexo fue el mejor de los placeres aquí vistos.
Te
beso, luego existo.
Apaga
ahora la luz y, si eso, a oscuras seguimos.
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